Presentación 100 años Padre Dehon

Carta del Superior SCJ 2025

Testamento Espiritual
Padre León Dehon

Presentación 100 años P. Dehon

Carta del Superior SCJ 2025

SUPERIOR GENERAL 

CONGREGACIÓN DE LOS SACERDOTES 

DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS 

Dehonianos 

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Prot. N. 0219/2025 

Roma, 21 de junio de 2025 

COMPRENDER EL AMOR 

Carta con ocasión de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, 27 de junio de 2025 

A los miembros de la Congregación 

A todos los miembros de la Familia Dehoniana 

I. Desde la vida 

A estas alturas, a nadie sorprende ya la sucesión de palabras, acciones y omisiones que a diario menoscaban la dignidad humana en este mundo que compartimos. Algunas ocurren en nuestro entorno más cercano, mientras que otras rebasan fronteras. Estas situaciones se han vuelto tan comunes que terminan por parecernos familiares, como esas series televisivas que se prolongan sin fin, reinventándose cada temporada con distintos personajes y escenarios, pero cuyo contenido esencial apenas cambia. 

De hecho, y sin tener que pensar demasiado, sería fácil enumerar en apenas unos minutos una buena cantidad de episodios de violencia. ¿Quién no conoce a alguien que ha sufrido abusos o maltrato? ¿Quién no está al tanto de tragedias, como las que acontecen en Gaza, que arrasan con la vida de personas inocentes? ¿Quién no se ha percatado del deterioro sistemático de nuestro planeta? 

La lista sería tan larga como incompleta, porque el tema es insaciable. Hay que tener en cuenta, además, que la violencia es emprendedora y ambiciosa, al punto de legitimarse a sí misma en los ámbitos político, económico e incluso en los espacios más íntimos y piadosos. Esto es algo que conocen bien, entre otros, los inmigrantes que viven con el temor de ser deportados – 

¡cuántos en Europa y Norteamérica! – o las víctimas de aquellos que abusan de su poder, también en la Iglesia, para dañar a los más vulnerables. A pesar de que la violencia pueda camuflarse bajo un edulcorado “por tu bien”, “porque te quiero”, “por el bien de todos” o “para tu salvación”, la realidad es que actúa como una enredadera que se expande y asfixia. 

Via Casale di San Pio V, 20 Tel.: (39) 06.660.560 * Fax: (39) 06.660.56.317 00165 – Roma E-mail: superiore.generale@dehoniani.org ITALIA www.dehoniani.org 

II. Desde la Palabra 

Pero todo lo anterior, ¿qué tiene que ver con la solemnidad que celebramos? Quizás esta relación se deba a que las escenas de Nuestro Señor que más profundamente arraigan nuestra devoción a su Corazón ocurren en contextos marcados por la injusticia y la violencia, como los de su Pasión. Asimismo, estas escenas tienen lugar en entornos caracterizados por el desprecio y la ingratitud hacia Él y su mensaje a lo largo de la historia, tal como Él mismo se lo reveló a Santa Margarita María de Alacoque. Sin embargo, su Corazón siempre abarca todos los tiempos, incluso los más difíciles y aciagos para la humanidad. 

Todo indica, sin lugar a dudas, que estamos viviendo tiempos del Corazón de Jesús. Tiempos como los que experimentó un delincuente en el Gólgota, una humilde religiosa en un monasterio de la campiña francesa, y cada día, la gente más sencilla que, en cualquier circunstancia, pronuncia un sincero: “Corazón de Jesús, en vos confío”. 

Este es el Corazón que nos impulsa a mantenernos alerta, a saber, mirar sin ensimismamientos, para comprender lo que sucede a nuestro alrededor. Nos invita a discernir cómo involucrarnos y en dónde situarnos para contribuir, como hizo un samaritano, a que nuestra casa común sea más de todos y esté mejor cuidada. 

Una de las miradas más emotivas de Jesús – y seguro que recuerdas otras – tuvo lugar mientras subía hacia Jerusalén por el monte de los Olivos. Iba acompañado del entusiasmo ingenuo de sus discípulos y del descontento ordinario de los fariseos. A un cierto punto se detuvo ante una panorámica que le conmovió profundamente: 

Cuando estuvo cerca y vio la ciudad, se puso a llorar por ella, diciendo: «¡Si tú también hubieras comprendido en este día el mensaje de paz!» (Lc 19,41-42). 

El Evangelio no oculta los sentimientos de Jesús hacia Jerusalén, la ciudad amada1. Él veía en ella una ciudad insatisfecha, descontenta. Una ciudad sometida a un poder extranjero y llena de disputas entre quienes se creían más religiosos que los demás, pero que en realidad estaban presos de sus propios prejuicios. 

Desde el monte, Él contemplaba una ciudad desconfiada, saturada de discriminaciones hacia muchos de sus mismos habitantes. Una ciudad rumorosa y a la vez sorda, que esperaba más a un mesías complaciente que la llegada de un siervo sufriente amigo de todos, amado del Padre y apasionado por su Reino. 

Quienes mejor acompañaron a Jesús aquel día fueron los que estaban al margen de la ciudad, los que no se sentían parte de ella: sus discípulos y la gente sencilla. En su cercanía y en su camino encontraron un motivo de alegría y una esperanza. La ciudad, en cambio, se preguntaba extrañada: «¿Quién es este?» (Mt 21,10). 

1 Papa Francisco, «Dilexit nos», 45. 

2/5 

Sus habitantes no lograron comprender el alcance de su llegada, una visita que era verdadero kairós (Lc 19,46), ese tiempo de gracia y oportunidad única, porque era Dios mismo quien, en la persona de su Hijo, ascendía a Jerusalén. 

Consciente de su misión, Jesús no cejó en su empeño. Se adentró en la ciudad como el pastor que busca a la oveja descarriada, incapaz de liberarse de los muros que la aprisionan. Sustentado en la fidelidad amorosa del Padre y arropado por el fervor de los más humildes, su anhelo era encontrarla, aliviar sus heridas, cargarla sobre sus hombros y llevarla a donde tuviera verdadera vida. La oveja añorada no era otra sino aquella misma ciudad. 

Sin embargo, esta no quiso comprender que aquella visita humilde representaba una esperanza para ella. Su respuesta, lamentablemente, como tantas veces lo había hecho con otros, fue una cruz pesada. En los maderos que la constituían, la ciudad condensó su resistencia, su rabia, su miedo y su negativa a ser transformada por un siervo indefenso que tan solo deseaba hablarle al corazón, «al corazón de Jerusalén» (Is 40,2), para llevarle consuelo y buenas noticias. 

Ante tanto desamor la respuesta de Dios fue similar, otra cruz, pero de vida: la suya propia, la que más amaba, la cruz de los brazos abiertos y las piernas heridas de su Hijo. Una cruz viva y reparadora porque ama y perdona. Una cruz con corazón. Por eso, desde esta cruz la respuesta que brota hacia el brazo que la hiere es de sangre y agua, primicias de vida nueva. 

Desde ese mismo manantial también nace una brecha que parte sin ira, decidida y sin retorno, para resquebrajar los muros del odio de aquella y de toda otra ciudad semejante. Se abren así horizontes anunciados desde antaño para cuantos contemplan la escena: para María y el discípulo, la comunidad nueva; para el malhechor, el Paraíso inesperado; para los soldados, el fin de la idolatría. Pero se abren también horizontes para aquellos que acojan el testimonio que ofrece el testigo que vio todo aquello, «para que también ustedes crean» (Jn 19,35). 

III. Desde el carisma 

En la Iglesia también nosotros hemos sido llamados a ser parte de esa comunidad de testigos, para que “la ciudad” crea. El carisma que compartimos nos orienta y nos compromete en esa misión. Así lo quisimos reafirmar con el lema que nos motivó en el pasado Capítulo general: «Llamados a ser uno en un mundo en transformación. “Para que el mundo crea” (Jn 17,21)». En nuestras comunidades, en nuestras familias, allí donde estemos, anhelamos ser testigos audaces y creíbles del Costado traspasado, del Corazón abierto que tanto ama esta humanidad herida (cf. Cst 4). 

3/5 

Nos inspira también el P. Dehon, quien con corazón de discípulo no dejaba de sorprenderse y suplicar ante tanto amor donado: «Empiezo, oh buen Maestro, a comprender el amor que debo a mi Dios, ayúdame»2. 

Desde nuestra perspectiva, ¿cómo podemos fomentar y testimoniar de manera más coherente, en espíritu y en verdad, que estamos comprendiendo este mismo amor? Las Constituciones SCJ nos interpelan al respecto. Puede parecer inusual que nos planteen preguntas concretas cuando, de un texto como este, esperamos más bien respuestas. No son más que dos, pero sin duda esenciales. Quizás estén ahí para mantenernos en un diálogo abierto e indispensable con la novedad permanente del carisma y del Evangelio. 

Ambas están en la segunda parte de las Constituciones, la titulada: «En seguimiento de Cristo». La primera de ellas está en la sección «Con Cristo, al servicio del Reino» (nn. 9-39), que de manera particular inspira al Jubileo Dehoniano3: 

Vivimos nuestra unión a Cristo 

con nuestra disponibilidad y nuestro amor a todos, 

especialmente a los humildes y a los que sufren. 

En efecto, ¿cómo comprender el amor que Cristo nos tiene, 

si no es amando como él, en obras y de verdad? (Cst 18) 

La segunda de las preguntas está en la sección sucesiva, «Para continuar la comunidad de los discípulos» (nn. 40-85): 

Imperfectos, ciertamente, como todo cristiano, 

queremos no obstante, crear un ambiente 

que favorezca el progreso espiritual de cada uno. 

¿Cómo conseguirlo, si no es profundizando en el Señor 

nuestras relaciones, aun las más ordinarias, 

con cada uno de nuestros hermanos? (Cst 64). 

Estas preguntas pueden compararse con los movimientos de sístole y diástole del corazón. Si no ocurrieran, no habría vida. Si lo aceptamos así, la respuesta que demos a cada una de ellas nos dará cuenta del estado de salud de nuestra vocación, de nuestra fraternidad y de nuestro apostolado. Este ejercicio nos ayudará a conocer nuestras coordenadas vitales para saber qué tan cerca o lejos estamos del Corazón de Cristo y de nuestros hermanos. ¿Estamos distantes, como aquellos en la ciudad que se preguntaban “¿y quién es este?”, o cercanos, como los sencillos que podían sentir los latidos de quien caminaba en medio de ellos? Latidos del Corazón de Jesús, latidos de hermano, como los comprendió nuestro Venerable P. Dehon, que no dudó en seguirle confiadamente toda la vida: 

2 « Je commence, ô bon Maître, à comprendre l’amour que je dois à mon Dieu, aidez-moi». Léon Dehon, De la vie d’amour envers le Sacré Coeur de Jésus. Trente-trois méditations pouvant servir pour le Mois du Sacré-Coeur (1901). https://www.dehondocsoriginals.org/pubblicati/OSP/VAM/OSP-VAM-0002-0004-8060204?ch=170 3 Cf. «Por Él vivo: Cristo es el que vive en mí» (Ga 2, 20). Carta al inicio del centenario de la muerte del Padre Dehon y en preparación del 150 aniversario de la fundación de la Congregación, Bruselas, 12 de agosto de 2024. 

4/5 

«El Verbo, el Hijo primogénito de Dios, es mi hermano mayor, mi gran hermano, ¡y qué amoroso, qué abnegado es! Se hizo hombre para ser mi hermano aún más íntimamente, para salvarme del naufragio, para sufrir y morir por mí. Amo a mi hermano mayor, quiero escucharle, seguirle, imitarle, quiero vivir siempre con él»4. 

Así lo hemos querido recordar en el lema del Jubileo Dehoniano: “Por Él vivo: es Cristo quien vive en mí”. Esta es la gracia que deseamos para cada uno de nosotros, de modo que sepamos dejarnos mover por el Corazón del Salvador, que nos acerca a las realidades complejas de las relaciones humanas, en la comunidad, en la familia, en todas las esquinas de este mundo, con ojos de bondad y de misericordia. Cuánto agradecemos el testimonio de quienes así lo han entendido y se adentran, como Jesús en Jerusalén, para encender una esperanza nueva. 

Que el Señor bendiga a quienes así lo hacen: los religiosos, laicos dehonianos y tantos colaboradores que entran en los inmensos campos de refugiados de Corrane (norte de Mozambique) y Mahagi (noreste de la R.D. del Congo) para sostener su dignidad; los que en Irpin (Ucrania) llevan consuelo y alimentos a los ancianos en sus casas; los que en Kasanag (Filipinas) han oído el llanto de las niñas y jóvenes maltratadas; los que en la Comunidad Betânia (Brasil) acogen a hombres y mujeres víctimas de dependencias tóxicas; los que en Zagreb (Croacia) abren las puertas para que día y noche la Eucaristía sea adorada; los jóvenes y voluntarios europeos que se ponen en camino para construir puentes de amistad y de solidaridad en diversos lugares; los que desde SettimanaNews en Bolonia (Italia) crean redes y abren perspectivas para pensar y entender los tiempos que vivimos; los que en Milwaukee y en Toronto (Norteamérica) alzan la voz y acompañan a los inmigrantes; los que en Pamulang Timur (Indonesia) construyen espacios de convivencia entre culturas y religiones… ¡Todos y cada uno de ellos abriendo brechas a la esperanza y a la vida! 

Y la lista puede continuarse, porque este Corazón que celebramos da para mucho y porque son muchos los que responden con corazón decidido a la pregunta que un día brotó desde las entrañas de Jesús a sus atónitos discípulos: «¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes?» (Jn 13,12). 

A todos, un feliz día del Sagrado Corazón de Jesús, 

En Él, fraternalmente, 

P. Carlos Luis Suárez Codorniú, scj 

Superior general y 

su Consejo 

4 « Le Verbe, Fils de Dieu premier-né, est mon frère aîné, mon grand frère, et combien aimant, combien dévoué ! Il s’est fait homme pour être encore plus intimement mon frère, pour me sauver du naufrage, pour souffrir et mourir pour moi. J’aime mon grand frère, je veux l’écouter, le suivre, l’imiter, je veux vivre avec lui toujours ».

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Testamento Espiritual
Padre Dehon

Mis queridísimos hijos:

Les dejo el más maravilloso de los tesoros: el Corazón de Jesús. Pertenece a todos, pero tiene una ternura especial por los sacerdotes que le están consagrados, los que se entregan totalmente a su culto, a su amor y a la reparación que Él ha pedido, con tal de que permanezcan fieles a esta hermosa vocación. Nuestro Señor amaba a todos sus apóstoles, pero ¿no amó con especial ternura al apóstol san Juan, a quien confió a su Madre y a su divino Corazón? El hermoso decreto de León XIII del 25 de febrero de 1888 decía: «Este Instituto será como un ramo de flores para el Corazón de Jesús, si sus miembros están totalmente unidos y entregados al Sagrado Corazón, y si hacen reinar su ardiente amor en ellos mismos y entre los pueblos que evangelicen».

Interpretando una palabra de David, también podemos decir: «El Corazón de Jesús es mi herencia. ¡Qué bella es mi parte dentro de la herencia común!» (cf. Sal 16,5). Comprenden que una vocación tan hermosa exige gran fervor y generosidad. Nunca debemos perder de vista nuestro objetivo y nuestra misión en la Iglesia, tal como están expresados en los dos primeros capítulos de nuestras constituciones: un tierno amor al Sagrado Corazón, preparado por el desapego de las criaturas y la victoria sobre nuestras pasiones.

Esto implica la reparación con todas sus prácticas: las misas y comuniones reparadoras, el acto de desagravio, la adoración diaria, la hora santa y las mortificaciones, según nuestra salud y bajo la obediencia. Implica también el abandono de nosotros mismos, como ofrenda viva al Sagrado Corazón, para soportar con paciencia —y hasta con alegría— las cruces que la divina Providencia quiera enviarnos. Esta vocación exige hábito de vida interior y unión con Nuestro Señor. Debemos entonces tomar todos los medios necesarios para alcanzarla y permanecer firmes en ella.

La vida interior no se conserva sin una gran regularidad y la práctica del silencio religioso. Para establecerse en ella, dediquen cada día una buena media hora a la oración matutina (además de las oraciones vocales) y otra media hora a la adoración reparadora. Realicen cada día su lectura espiritual, dividida entre la Sagrada Escritura y un libro ascético o una vida de santos. Elijan preferentemente las vidas de los santos que mejor conocieron y vivieron esta adorable devoción al Sagrado Corazón.

En lo que me es posible, los encomiendo a todos al Corazón de Jesús. Los confío a su misericordia. Le dirijo la misma oración que Él dirigió al Padre por sus discípulos: «Padre Santo, guarda a los que me diste» (cf. Jn 17,11). También los confío a Nuestra Madre del Cielo. Nuestro Señor querrá decirle de ustedes lo mismo que le dijo de san Juan en el Calvario: «Ahí tienes a tus hijos» (cf. Jn 19,26). Amemos especialmente a los más amados por Jesús: María y José, los tres grandes arcángeles,

san Juan Bautista, san Pedro, san Juan, santa Magdalena y todos los santos del Sagrado Corazón.

Sobre mí, les pido perdón por no haberlos edificado lo suficiente. No me hago ilusiones: me considero inferior a todos los hombres por el abuso de las grandes gracias que he recibido. Nuestro Señor me ha mantenido en esta misión, pese a mi indignidad, solo para mostrar la inmensidad de su misericordia. Aun así, espero la salvación, porque la misericordia de Nuestro Señor no se desmiente. Pero tendré que hacer gran expiación y por eso les ruego encarecidamente que oren por el descanso de mi alma. ¿Necesito decirles que, si el Señor quiere acogerme junto a Él, oraré por todos ustedes y por esta Obra tan querida al Sagrado Corazón?

Perdónenme las penas que pude haberles causado y los malos ejemplos de tibieza que les di. Como san Juan, mi maestro y modelo, les digo a todos: «Ámense los unos a los otros como Jesucristo los ha amado» (cf. 1 Jn 3,23). Les suplico con todo el afecto de mi corazón, y por el cariño que me han tenido, que se esfuercen en hacer reinar siempre la caridad santa entre ustedes. Nunca pronuncien una palabra de crítica ni de amargura unos contra otros. Tengan siempre un profundo respeto por quienes ocupan entre ustedes el lugar de Dios. La obediencia, la regularidad y la pobreza son las defensas de toda congregación.

Saben que las familias religiosas sacerdotales fueron generalmente ayudadas, en sus comienzos, por vírgenes consagradas que oraban por ellas, como lo hacía la Virgen María por san Juan. Ese auxilio no nos ha faltado. Dos comunidades en particular nos han apoyado con sus oraciones y sacrificios. Debemos un agradecimiento imborrable a las Hermanas Siervas del Corazón de Jesús de Saint-Quentin. No puedo expresar todo lo que han hecho por nosotros, incluso ofreciendo su vida por el éxito de nuestra Obra. No tenemos con ellas ningún vínculo canónico, ya que la Santa Sede ya no aprueba comunidades tan unidas como en los antiguos institutos. Pero eso no impide la unión en la oración y el sacrificio. ¡Nunca lo olviden!

Mientras fundaba la Obra en Saint-Quentin, con la colaboración de estas Hermanas, las Hermanas Víctimas de Namur preparaban a varios santos sacerdotes que vinieron a unirse a nosotros, como el recordado Padre Andrés y el Padre Charcosset, mi fiel asistente. Recuerden también a ellos. Mi última palabra es para recomendarles una vez más la adoración diaria, la adoración reparadora oficial, en nombre de la Santa Iglesia, para consolar al Señor y apresurar el reinado de su Sagrado Corazón en las almas y en las naciones. Ofrezco y consagro nuevamente mi vida y mi muerte al Sagrado Corazón de Jesús, por amor a Él y por todas sus intenciones.

¡Todo por tu amor, oh Corazón de Jesús!

Escrito en Saint-Quentin, durante los tristes días de la guerra de 1914.

Juan del Corazón de Jesús